miércoles, 24 de agosto de 2011

Las Historias del Algaribo -de Cunqueiro,3-


Andaba yo por aquel verano haciéndome el melancólico, como enamorado de doña Simona, que aunque no la viera me contentaba con resoñar sus ojos azules y bien la olía, suspirando, el pañuelo bordado que me dejó por regalo llevaba a la nariz y no me apetecían la fiestas, ni el San Bernabé de Quintás, que es tan sonado, ni Nuestra Señora de Meira, ni el San Bartolo de Belvís... Andaba, pues, solo y algo vagabundo, descuidado de trabajos, cuantimás que doña Ginebra iba en los baños calientes en Lugo, con Manueliña de doncella y mi amo me pusiera a leer libros nuevos que le mandaran de Roma y fue el mandadero un extranjero llamado Elimas, que parece que es entre los de su casta, señal de gente maga llamarse así, desde un tal Elimas que riñó con San Pablo. No era cristiano ni tampoco probaba tocino ni vino, pero en cambio le gustaba el café y fumaba continuo en una pipa larga muy trabajada. Mientras mi amo escogía los libros que iba a comprar y que Elimas trajera a lomos de una burra leonesa en una cesta forrada, pasaron dos días y yo amisté algo con el algaribo, que le portaba a la cama el chocolate con bizcocho, le llevé la burra a herrar al Villar y claveteé de nuevas sus zuecos. Lo que más gracia me hacía del señor Elimas eran los calzones bombachos de paño verde y la cortesía que tenía de descalzarse al entrar en casa.

-Llevo –me dijo- más de veinte años viajando libros secretos y de arte alquímica, talismanes, amuletos, vasos de ámbar y anteojos buenos y baratos y puedo decir que corrí las nueve partes del mundo y aún quizá más y ésta de Miranda me cae a trasmano, pero le tengo mucho amor a tu amo don Merlín; si non fuera por tu amo, estaba ahora paseando por roma o llegando a la China o a La Habana, donde tengo medio cortejo.

No deshacía el señor Elimas el azúcar en el café y después de beber el líquido, lamía a cucharaditas aquel almíbar que quedaba en el fondo del pocillo.

-También –prosiguió- me gano algo la vida contando historias por las posadas y ahora mismo llevo un catálogo de siete preparadas y todas tienen una punta de verdaderas. Te digo que por mucho que saques de ti una historia siempre pones cuatro o cinco hilos de verdad, que quizá sin darte cuenta llevas en la memoria.

-Esto es cierto –dijo mi amo que nos oía la conversación-. Y esta tarde podías adelantarnos siquiera el asunto de alguna historia.

-Páceme, mi señor –respondió el algaribo, que trataba a mi amo con mucho respeto-, y puedo comenzar ahora mismo si el paje me trae, con licencia, otra tacita de café.
Fui a buscarla y sentados al abrigo de la higuera ramona, el señor Merlín en su mecedora, el algaribo en el suelo a su costumbre de morería y yo a caballo de la rama grande, comenzó Elimas con sus historias. Pero antes bebió el café y lamió el amíbar demoradamente.

La Bañera y El Demonio

Esto pasó, ahora va a hacer un año, en el “reame” de Nápoles, en una quinta que llaman de Prato Nuovo y que es de una nipota del Gran Inquisidor y en esta historia se ve que ni las grandezas humanas se libran del maligno. Parió esta señora nipota, que se llama doña Eleonora, un niño y lo fueron a bañar en aquella bañera de cristal, que la estrenaban tal día. Y no bien echaron al niño al agua, se disolvió en ella como si fuera de sal o de azúcar. Todo fue un gran grito de pasmo en la quinta y nadie daba crédito a lo acontecido, pero lo que pasó pasó y el niñito desapareciera. Hubo que echar aquella agua en el camposanto y al botellón en que iba le hicieron un entierro a ocho, con música, responsos floreados y el Gran Inquisidor de capa magna.


Hace quince días parió de segundas la nipota y como al que nace hay que bañarlo, volvieron a ponerlo en la bañera de cristal que es una obra antigua de mucho precio, en la cámara de la parida y estaba el Gran Inquisidor y también el exorcista de Palermo, que es quién les quita a los Borbones de Nápoles el demonio del cuerpo cuando hace falta, que es casi siempre por años bisiestos y también estaba el protomedicato de las Dos Sicilias y ya iban a bañar al recién nacido, cuando se le pasó a la madre bendecir la bañera y aún el Gran Inquisidor no dijera: “In nomine Patris” ya se quebrara la bañera en mil pedazos y saliera de ella un mal olor a azufre y el exorcista de Palermo con el puño curvo de su paraguas tuvo tiempo de coger por el pescuezo al demonio que huía, pero éste se le pudo escurrir y se perdió por la chimenea.

Se supo que la bañera fuera comprada en una abadía muy conocida y de monjas, que llaman Fossano y que era la bañera que tenían las abadesas para bañarse por Pascua y por San Martín y las monjas por San Pedro y que no era tal bañera, sino un demonio que se trocó en ella para ver a su tiempo a las señoras monjas en cueros vivos.


Para O comentario:
es éste mi tardío homenaje al nacimiento de don Jorge Luis, me pareció que la mejor celebración de su 112 aniversario -¡¡ciento doce, ya!!- era hacerlo a través de la prosa cunqueriana, concretamente, de uno de los capítulos más interesantes de Merlín y familia, como son estas Historias del algaribo -Cunqueiro mantiene la grafía antigua mozárabe, ya que la castellana es algarivo-; se me ocurre que Borges, a su manera tuvo mucho de algaribo ya que llevó -y aún lleva, por supuesto- toda su vida viajando libros secretos y contando historias

la fotografía de "El Viejo" de rodillas buscando un libro en la base de una estantería es, además de una definición -hay para una detenidísismo análisis semiótico de esa foto-una de las menos "preparadas".

en cuanto al texto destacaría dos aspectos interesantes, uno en lo que hace a una definición de la composición narrativa por parte de Elimas y el otro es el microrrelato en sí de La Bañera y el demonio.

salut

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2 comentarios:

Susan Urich dijo...

Buen homenaje, de verdad lo digo.

hugo dijo...

Hola Susan:
Gracias por estar ahí y por pasarte por mi blosss.
Celebro que te haya gustado el homenaje a "el Viejo" que le hace Cunqueiro.

salut