lunes, 2 de enero de 2017

GUERRA ME HACEN DOS CUIDADOS




                                   
                                                                                      (Guerra me hacen dos cuidados / de contrarios accidentes:/uno de males presentes,
                                                                                      otro de bienes pasados / en la memoria cebados, /voraz símil cada cual
                                                                                      del buitre ha sido, infernal, / cuyo insaciable desdén /plumas ha vestido al bien,
                                                                                      garras ha prestado al mal. Luis de Góngora, Décima 324)
                                                                             

Decapitada la tarde, el verdugo apura su plato de pirañas azules y espera.

(El general Menéndez tiene cita con su dentista. Hace días que decidió ponerse dentadura postiza. Resignado a perder “los dientes de arriba”, acaba de entrar a la Sala de Espera en compañía de uno de los custodios de su prisión domiciliaria. Saluda y se sienta. Tres con la cara hinchada le responden con un murmullo cabizbajo que se lleva en desgaire el vacío. Observa a los demás y recela. No le gustan las Salas de Espera. No desconfía del dentista, hace años que lo conoce: fue amigo de su padre, un médico militar que participó con él en la aplicación de “la solución final”. Sin embargo, teme, siempre ha temido, el encuentro casual con alguien que lo reconozca y lleve un arma. Recela. Aquellas cinco personas saben de sobras quién es él, piensa. Él nunca sabrá quiénes son ellos. De repente, el saludo de sonrisa fácil del dentista acaba con su inquietud. Inmediatamente, lo hace pasar al consultorio ante la perplejidad de los otros cinco: conoce al general y no quiere hacerlo esperar.)

Sentado sobre el oro del tiempo, el verdugo da la luz al fuego mientras repasa el filo del hacha con la muela de asperón. Sólo el filo. El resto del hacha suma incontables láminas de herrumbre que se cuida de no tocar. Debajo de cada una de aquellas láminas, debajo de la sal de cada una de aquellas láminas vibra la última voz, la resignación o el desgarro de la última voz de cada una de las cabezas que su hacha finara. Ninguna de aquellas voces ha muerto y bastaría el roce de uno de sus dedos para que todas volvieran en sí a la vez, sólo las podría callar si se sumara la voz perdida de otra decapitación. Hace tiempo que conoce y teme aquel secreto. Deja a un lado la muela de asperón y observa, junto a la puerta, las hachas de su abuelo y de su padre, la herrumbre ya les ha ganado el filo.

(Un guante de latex le abre la boca. Entrevé otra mano y una jeringa. Tres picotazos en el cielo del paladar. Cierra los ojos. Una piedra de sal le fragua la boca. Le enganchan el extractor de saliva. El embate agudo del torno le taladra los oídos. El olor a hueso quemado. Los dientes metálicos de una pinza se cierran sobre la primera muela. Tironeos. El nudo de la muela se afloja y en la descarnadura de la encía se esponja una rosa mustia. Él no ve lo que acaba de perder, ve la sangre que escupe y babea. El guante de latex le ofrece un vaso de agua. Se enjuaga la boca y vuelve a escupir. Tose. Cree oír algunas palabras amables. Entreabre las bolsas de sus ojos y aparece la sonrisa del dentista. La misma sonrisa del padre, piensa. El tirón en la segunda muela. Cierra los ojos. La sonrisa de “Menguelito”, el padre del dentista, pidiéndole, cada quince días, “material humano para el avance de la ciencia”. Otro tirón. Blanco y negro. La memoria abre, sin querer, el cangrejal. El ojo de pez carga tres mil fotografías en blanco y negro de rostros que él desconoce. La esfera del ojo de pez deforma y ordena tres mil rostros inmóviles que lo miran y esperan. Dos tirones y pierde los caninos. Escupe sangre. Su lengua repasa los huecos de la encía. Se obliga a cerrar los ojos. El borboteo del extractor de saliva. No quiere ver ni la jeringa, ni las pinzas entrando en su boca. Una voz de mujer le habla con diminutivos y un nuevo picotazo de anestesia le agarra el paladar. Blanco y negro. Es imposible saber quiénes eran. “Con la cabeza encapuchada y en bolas, hembra o macho, todos son iguales”, le respondió al fiscal cuando le mostraron por primera vez las fotos de aquellos rostros. “Es imposible saber quiénes eran”).

Los campos abandonados, la mies a medio segar, las columnas de humo entre la primera y segunda muralla de la ciudad. El verdugo abandona su casa. El viento trae olores de carne quemada, gritos y estruendos. El hacha al hombro y la espada a la cintura. Camina. Sabe que, durante algún tiempo, habrá de guardarse entre los pantanos y las ciénagas del fondo del bosque. Camina. Una polvareda de gente a caballo se dirige hacia la casa que acaba de abandonar. Se oculta y observa. No son gente del alguacil, no son gente conocida. Enseguida le pegan fuego a la casa. Dentro han quedado las viejas hachas de su abuelo y de su padre. Cree saber lo que vendrá. La tierra tiembla bajo sus pies. Un remolino de ceniza se abre en el centro de su casa. Ve girar y desaparecer las piedras de las paredes. Ve girar y desaparecer los cuerpos desmembrados de los recién llegados que, apenas si han tenido tiempo para el espanto. El aullido de las voces decapitadas. Ve girar y desaparecer las láminas de herrumbre que guardaban las voces decapitadas. Las hachas giran y se entrechocan en lo alto. La corona del remolino cede. El ojo devastador se cierra sobre sí mismo y se lleva las hachas al centro de la tierra. El aullido se abre en canal. Entonces, todo cesa y un vientecillo, entre siena y ocre, queda bailoteando sobre el terreno que ocupara su casa. Abandona el escondite y se vuelve hacia las murallas. Un humo espeso oculta la fortaleza y el castillo. Camina. Recuerda los rumores que un par de dragones y serpientes amigas bordaron en el mantel de su mesa. Lamenta que en nada erraran. Camina.

(Se enjuaga la boca y escupe. Las bolsas de sus ojos continúan cerradas. No deja el cangrejal su memoria. Blanco y negro. Los enemigos. La orden era aniquilar y escarmentar a los subversivos, a sus cómplices, a sus amigos, a sus familiares y, por último, a los indiferentes. Él decidió dos campos de internamiento para tres mil “irrecuperables” y aplicó “la solución final”. Él decidió abrir aquellos dos campos para enseñar a oficiales y suboficiales sus métodos y “clases prácticas” para el exterminio de la “antipatria”. Recuerda que a “sus” dos campos se los conocía como “la Universidad”. “No se olviden nunca, Dios nos eligió a nosotros para darles todo el castigo que se merecen”. La exculpación a cambio de un “pacto de sangre”. Diez cadáveres de “irrecuperables”. Cada oficial o suboficial que hubiera hecho “prácticas de interrogatorio y apremio” bajo su dirección se comprometía a presentar, por lo menos, diez cadáveres de “irrecuperables” y hacerlos desaparecer sin dejar rastros. Después, él, en su condición de “señor de la guerra”, los ungiría como “caballeros de honor”. Todos los generales, en aquellos días, se hacían llamar “señores de la guerra”. Todos sabían, él lo sabía, que ninguno de ellos jamás había sido guerrero de ninguna guerra. Los únicos enemigos que habían abatido eran cuerpos deshuesados a golpes o desgarrados por la picana. Él lo sabía, los demás lo sabían. La memoria cierra el cangrejal. Vuelve a enjuagarse la boca. Escupe, babea. Entreabre las bolsas de los ojos. No oye, pero tampoco le interesa lo que le dice el dentista. Se pone de pie. Su lengua se espanta sobre la encía abierta).

Camina. Los pantanos. El agua negra de los pantanos y las cabezas ensartadas en picas de cañas. Reconoce aquellas cabezas. Camina. No tarda en toparse con los gibosos contrahechos. Los conoce. Casi humanos, cabeza de pez, uñas y dientes de roedores, siempre a cuatro patas, gritan con el piar de las rapaces. Lo rodean. Intentan inmovilizarlo por los tobillos para hacerlo caer. Saca la espada y rebana cuatro cabezas. Primero se apartan, pero enseguida comienzan a devorar aquellos cuatro cadáveres. Camina. La luz se hace escasa y gris. La luz es el resplandor que esmerila el resplandor de otra luz. El agua negra de la laguna. La bruma calzada. Los guardianes blancos que caminan sobre el agua de la laguna. Hombres desnudos que ni viven ni mueren. Quién cruza la mirada con ellos acaba vagando eternamente sobre el agua negra de la laguna. Baja la cabeza y espera a la orilla. No tardará en llegar el barquero que lo pase al otro lado para continuar el viaje. Sabe, también, que en cuanto decida abandonar el fondo del bosque, el regreso no será fácil.  Sabe, todos los verdugos lo saben, que no sólo habrá de ser el mismo barquero el que lo devuelva a la orilla, sino que peregrinará por el envés del tiempo hasta encontrar una cesura capaz de investirlo, nuevamente, para la muerte.

(Los metales densos. La saliva espesa de metales densos que la lengua no retiene. La mujer de los guantes de latex le ayuda con la torpeza de sus brazos extraviados en el abrigo. La voz del dentista: los analgésicos cada seis horas. El papel con la receta tiembla en su mano derecha. La piedra de sal en el paladar. No puede fumar, ni beber alcohol, ni tomar mate. Otra vez la voz del dentista. Asiente y achina las bolsas de los ojos. Tose. Se tapa la boca con un pañuelo y por primera vez se encuentra con la cortina vencida del labio superior. El pañuelo le devuelve una rosa de sangre ensalivada. Se despide. Atraviesa en diagonal la Sala de Espera y lo acuchillan las miradas de tres personas con la cara hinchada. El custodio lo toma del brazo y salen fuera. El ruido ensordecedor del tráfico. Quiere hablar, pero la sobredosis de anestesia le empasta las palabras. Camina. A no más de treinta metros distingue su coche, un Siena negro. El otro custodio los espera con el motor en marcha. Caminan. No saben, no pueden saberlo, pero la cabeza canosa del general Menéndez acaba de aparecer en la mira telescópica de un fusil que aguarda apostado en la terraza del edificio que tienen delante. El general entra en el coche junto al custodio. El conductor inicia la primera maniobra para salir y nota que la rueda delantera izquierda acaba de sufrir un reventón. Maldice en voz alta y baja. Apenas ha tenido tiempo de sorprenderse del estado en que ha quedado la rueda, cuando oye dos disparos seguidos que revientan las dos ruedas traseras. Inmediatamente el custodio que está dentro empuja al general al suelo del coche, desenfunda el arma y sale. Se parapeta junto a su compañero y esperan. No saben, no pueden saber que el siguiente disparo no llegará nunca.  Pasados cinco minutos, del edificio de delante salen un muchacho en compañía de una persona mayor. Ríen. El muchacho lleva al hombro una guitarra enfundada. Un taxi los espera. Suben y desaparecen. Los dos custodios cruzan sus miradas y sus sospechas, pero ya es tarde. Mal estirado en el suelo del coche, el general espera. Se prepara para lo que siempre temió. Tose. Su lengua se pasea nerviosa por la encía abierta: la primera y única herida que ha sufrido en su vida. Tose. Babea. Espera.)



El último tramo. El hedor a carne podrida. El silencio. Los árboles negros del fondo del bosque. Los ojos que lo vigilan desde lo alto de los árboles negros. Camina. Entrevé la cabaña al final del último tramo. Antes habrá de bordear la Ciénaga Grande, donde presumen de pereza los lomos de los dragones y silva el zigzag nervioso de las serpientes ciegas. Ve parpadear la luz que mal ilumina la cabaña del fondo del bosque. Camina. Las ventanas agrandan la sombra de la figura de un hombre. No lo sabe, aún no puede saberlo, que no desconoce al dueño de aquella sombra -hace años que habita y repite los sueños inmóviles del dueño de aquella sombra y de otras sombras-. Lo espera, lleva tiempo esperándolo, para compartir una fuente de pirañas azules.


Para O comentario:


Hace más de un año que no traía por aquí algún cuento, relato o microrelato, a veces hay travesías del desierto y otras veces "fregaos editoriales" que, como siempre me devuelven al cero comentario. En ese sentido, nada nuevo que explicar


Después, tenía casi terminado un relato sobre un general cuando la publicación de la sentencia de la Megacausa me devoró la ficción y tuve que  rehacerlo todo introduciendo la figura onírica (los sueños inmóviles también son sueños) del verdugo. Ensamblar los dos relatos y que ninguno de los dos chirriara no fue fácil...


La décima 324 de Góngora fue un hallazgo mientras buscaba del maestro otra décima que al final descarté.


2 de Enero de 2017, vaya forma de comenzar el año, Huguito!!!