martes, 3 de julio de 2012

Y ENTONCES, ¿QUÉ?



(If a man could pass through Paradise in a dream, and have a flower presented to him as a pledge that his soul had really been there, and if he found that flower in his hand when he awake – Aye, what then?). Samuel Taylor Coleridge

He de estar en Barcelona a las nueve. Llego a la estación de Vilanova con los minutos contados. Corro. El tren está en vía tres. El paso subterráneo se hace laaargo. Corro. He de estar en Barcelona. A las nueve. Curro temporal de Técnico de Sonido. Mil euros al mes, supongo. Corro. Las puertas del vagón se cierran a mis espaldas y el tren se pone en marcha inmediatamente. Me siento. Silbo. Recupero el resuello. Observo. Pocos viajeros y todos dormidos. Nadie de pie en el semidirecto de las ocho menos diez. Mosqueo. ¡Me equivoqué... Nooo, el letrero luminoso continuo del vagón anuncia: “Destino Barcelona-Estació de França. Próxima estación: Sitges”. ¡Ufff! Desde el último vagón llega el clarinete de un músico ambulante. Whenthesaintgo...marching, Whenthesaint…gomarchiiing. No hay viaje que no tenga un par de músicos ambulantes. Casi siempre tocan lo mismo. “Whenthesaint...”, “La Cumparsita”. Casi siempre son gitanos rumanos o búlgaros. El carrito con el altavoz y el reproductor de MP3 con la música de fondo enlatada. “Moliendo café”, “El Choclo”. Quisieran que sus clarinetes, acordeones o trompetas formaran parte de cuartetos, sextetos, bigs bands, orquestas de tango. Y aunque no cuela, ellos siempre disimulan y lo intentan. Sin duda, piensan que todo es parte del circo de la jodida vida que les cayó en la tómbola. Oigo el clarinete del músico ambulante que toca en el último vagón. Poco a poco noto la interminable sucesión de rieles tirando de mis párpados. Yo también cierro los ojos.
( Oyes el comienzo de Night in Tunisia. Alguien, tres asientos delante de ti, arranca con la trompeta a palo seco, sin el pespunte del contrabajo ni la marca del saxo alto. Ese sonido sólo podría... ¡No. Imposible, gilipollas! Ése lleva muerto desde el 93. Ves el recorte de la espalda del músico. Abrigo marrón y boina. Te masajeas los párpados, aunque necesitarías también masajearte los oídos. Cuando recuperas la visión lo ves de pie en medio del pasillo. Las gafas, la boina, los mofletes, la trompeta abollada. ¡Joder! ¡es Gillespie! ¡Dizzy Gillespie! Pero..., mejor calla, calla y no la cagues. Sólo él podría atacar de aquélla forma la melodía, primero con la trompeta gangosa y después, doble salto mortal y la trompeta se vuelve prístina para darle el pie al saxo. Los oídos ocupados. La memoria de los oídos ocupada en traer de viaje alguno de los temas de Gillespie, Parker, Thelonoius, la primera peña del bep bop. No hay caso, tu memoria te niega el pan y la sal. De repente, lo ves sentado casi a tu lado, sólo os separa el pasillo. No te cabe duda de que es él, nada menos que “el Bird”. La melancolía abriéndole en canal la sonrisa, la mirada y el alma. Esperas que se arranque con “Ornithology” y que, de paso, sume a su gran amigo Dizzy, pero no. Calla. Sonríe al vacío. Acaricia la funda negra y rígida de un saxo. Calla. Detrás de ti y desde el fondo del pasillo te llega el inicio de “Budo”. La trompeta apurando el vacío hasta descoserlo antes que ataque la batería y el resto del metal. Temes volverte porque supones lo que te espera. Te vuelves. Lo ves avanzar por el pasillo, como si contara los pasos. Las gafas negras, el rostro navajeado, las manos imposibles como las de Paganini. Mira al suelo, Miles Davis siempre toca mirando al suelo. Gillespie baja la trompeta. Sabe que “Budo” es parte de la puñalada trapera del “cool”. Nunca se han pasado mucha bola más allá de las pocas coincidencias formales. Sin embargo, tampoco hay tiempo para mayores tensiones, unos asientos detrás de ti, pero en la otra fila, alguien acaba de atacar con un saxo soprano. Oyes. No es exactamente vals, pero se le parece. No es 3x4, pero por ahí va la marca del ritmo. Oyes. My favourite things”. Echas a faltar el piano de McCoy Tyner, pero puedes seguirlo. Sabes de sobras quién es capaz de tocar de esa forma un saxo soprano. Oyes. Supones que si te volvieras lo encontrarías tocando con los ojos muy abiertos. John Coltrane nunca cerraba los ojos cuando interpretaba. Coltrane, mientras estaba en silencio, parecía mirar al mundo con el alma y la conciencia al mismo tiempo y, cuando tocaba, continuaba mirando, pero con el saxo. A veces, has pensado que quizá fuera su forma de encontrarle algún sentido al peso del tiempo o tan sólo a la angustia de sus propios pasos. Oyes. Coltrane avanza por el pasillo, pasa a tu lado. Miles Davis baja la trompeta y comienza a chasquear los dedos de la mano derecha, como si no quisiera perderse nada de lo que sigue y que conoce de sobras. Oyes. Hacia el final de My Favourite things ha de entrar la flauta travesera. Esperas. Alguien, de una altura más que respetable, se levanta dos asientos más adelante. Lleva una travesera bajo el brazo. Ves su perfil. La perilla casi leninista. Ataca. Nadie como Eric Dolphy para meter de aquella forma tan cabrona la flauta travesera. Y ahí tienes a los tres. Miles Davis, sonríe. Debajo de aquellas gafas, sonríe. De pronto, un hombre atraviesa el pasillo. Sólo alcanzas a ver su espalda. Su mano derecha tira de un carrito de la compra, en el que la bolsa ha sido sustituida por un altavoz al que va sujeto un reproductor de MP3. En la otra mano lleva un clarinete. Ves el abrigo negro que cubre su espalda. Detrás de él se enfilan todos los músicos. Aquello te parece el acompañamiento de un entierro en Nueva Orleáns –todos músicos muertos hace tiempo, te ríes-. El hombre abre la puerta de comunicación entre los dos vagones. Y sube, entonces, un estrépito de fragua de Vulcano. Sube la síncopa de la rueda de hierro contra el hierro. Sube el olor de aceite industrial chamuscado por los chispazos que se escapan de las leyes de la hidráulica. Uno a uno atraviesan los estribos que se entrechocan en la unión de los vagones. Al final te sumas al grupo. Das un portazo detrás de ti. Todos lo viajeros dormidos, como si una nube de cloroformo hubiera descargado sobre ellos. “Straight no chaser”, ¡Tómatelo tal cual viene!, te repites. Como si fuera un lingotazo de Jack Daniels, puro y sin hielo. Sonríes porque ahí está él, tocado con uno de aquellos sombreritos negros y redondos, siempre de una talla menos. Los sombreritos rematándole la cabeza como si fuera la de un tornillo de rosca girada. Thelonious Monk como un tornillo de rosca girada. Ahí, en ese espacio donde las puertas se oponen y no hay asientos, en esa tierra de nadie a la que unos entran –o suben- por el mismo sitio por donde otros salen –o bajan-, ahí está él. Thelonious Monk sentado al piano. Sus dedos buscan el primer fraseo de “Epistrophy”. Percusión casi metálica. Sus manos saltan, caminan sobre las teclas. Thelonious pisa las teclas con sus dedos –a veces, hasta con el antebrazo derecho- Levanta la mirada y se encuentra con los ojos de Coltrane. El saxo se hace enseguida con lo que acaba de salir del piano. Thelonious sonríe para sí. Sigue al saxo con sus pies, con la doble vida propia de sus pies. Coltrane abre la armonía hasta dejarla sólo en el embaste y Thelonious la recose antes de atacar el final. La mirada redonda, girada, casi esquizoide va y viene sobre el piano. Thelonious entra y sale del caos por la misma puerta que le abre y le cierra el jazz. "Straight no chaser", te repites. Quisieras sentarte, pero vuelves a verlo. Sus manos pasean sobre la funda negra y rígida de un saxo como si acariciara el lomo de un gato. Ausente, sentado junto a una ventanilla, observa la velocidad del paisaje. Ausente. Barba de algunos días, la mirada perdida y turbia, la cuenca de los ojos hundida en el alma y tu piensas en “Don’t blame me”. Tú piensas y esperas oírle “My old flame”, “Donna Lee” o la decisión casi radical con que se inicia “Moose the mooch”. En vano esperas. Se te hace difícil creer que Charlie Parker acaricie la funda de su saxo, que sólo acaricie la funda negra de su saxo porque el caballo acaba de cobrarle todas las facturas atrasadas, las del corazón también. Charlie Parker pasa las manos sobre la funda negra y rígida de su saxo y, quizá, se consuela pensando que aquello es sólo el lomo de un gato. Has bajado tu mirada y casi ni adviertes que, tres asientos más adelante, alguien acaba de sacar un contrabajo al pasillo. Paul Chambers y su cara de no haber roto nunca un plato. Paul Chambers puntea dos acordes. “So What”. Sólo dos acordes para que Miles Davis, que es el autor del invento, les pegue un garbeo por la escala antes de presentárselos al saxo de Coltrane. La trompeta de Miles Davis dirías que tiene la indolencia de quién sabe siempre qué ha de hacer y lo hace. El saxo tenor de Coltrane, en cambio, es una inacabable interrogación, quizá sobre sí mismo, quizá sobre el abismo que contiene su soledad. Y otra vez, el contrabajo. El omnisciente, incansable, contrabajo de Paul Chambers. Retoma y rehila los dos acordes como si sólo le interesara no perder la cuenta del tiempo, no los ocho minutos de “So What”, sino la cuenta que llevan sus dedos sobre aquellas cuatro cuerdas, que enlazan y desenlazan un tiempo que sólo puede mudar el jazz. De pronto, vuelve sorprenderte, nuevamente, el hombre con el carrito, el altavoz con el MP3 y el clarinete en su mano derecha. Observas su espalda. El abrigo negro idéntico al tuyo. Las tiendas Zara nos uniforman a todos, piensas. El hombre acaba de atravesar el pasillo. Decides seguirlo. En cuanto abre las puertas de comunicación entre vagones, se repiten la síncopa de las ruedas de hierro contra los rieles y el mismo olor de aceite industrial chamuscado. Cierras la puerta detrás de ti. Esta vez no te espera ningún músico, sólo gente medio dormida. El del carrito se arranca con el clarinete. “When the saints go marchingiiin”. Desafina un poco, pero tocar en un tren en marcha, no es fácil. La música de fondo, enlatada en el MP3 –pretende ser el clarinete de un quinteto- le sirve para disimular sus errores. Casi al final del tema, el hombre de la espalda negra se vuelve hacia ti y descubres que eres tú quién está tocando aquel clarinete. El hombre del abrigo negro no sólo tiene tu misma cara, tus mismas manos, tus mismos pies caminando el ritmo, sino también tu misma forma de arrugar la frente y de sonreír cuando ensayas con el clarinete delante del espejo. Entonces, haces lo que suele hacerse en estos casos, te despiertas).
El tren está detenido en la vía 14 de la Estación Central de Sants. El vagón está casi desierto. La poca gente que me acompaña, supongo que seguirá hasta Paseo de Gracia o hasta el final del trayecto, en Estació de França. En el pasillo, pero a mi lado, encuentro un carrito de la compra al que le han sustituido la bolsa por un altavoz, sobre el cual van sujetos un reproductor de MP3 y un vasito de plástico que contiene siete monedas de un euro. En el asiento opuesto a mi, descansa atravesado un clarinete. Lo cojo. Un Bufet B12, de pasta de resina, no más de trescientos euros. Le corrijo la caña. Ensayo un par de escalas. Sonrío. Pienso en la famosa “rosa de Coleridge” (Si un hombre pudiera cruzar el Paraíso en un sueño, y se le diera una flor como prueba de que su alma ha estado allí en verdad, y al despertar encontrara esa flor en su mano… Ah, ¿entonces qué?). El carrito parece esperarme. Un pitido agudo anuncia que las puertas comenzarán a cerrase. Pillo clarinete y carrito y me doy prisa antes de que sea demasiado tarde. Camino por el andén hacia las escaleras mecánicas. Clarinete y carrito. Por los altavoces de la estación anuncian la entrada del tren al Aeropuerto por vía diez. En la primera papelera que encuentro arrojo mi currículo de Técnico de Sonido. Subo las escaleras. Corro. Bajo a la vía diez. Subo al tren del Aeropuerto en el momento en que las puertas comienzan a cerrarse.

6 comentarios:

AGUS dijo...

Magistral, Hugo. Y eso que confieso que se me escapan la mitad de las referencias musicales de ese paréntesis salvaje - no sé si inspirado en esos túneles reales del trayecto Vilanova-Bcn. Al final, cuando uno sale del paréntesis - del túnel - tiene la misma sensación que al despertar de un buen sueño, cuyo recuerdo prevalece más allá de la ficción, quizá, quién sabe, porque a lo mejor fue así, y en realidad ocurrió, o al menos, por lo menos, fue soñado, aunque fuese en otro tiempo y espacio distinto.

Abrazos.

hugo dijo...

Hola Agus:

Gracias por tu paciencia lectora, gracias por el elogio, pero sobre todo gracias por ser el primer valiente que llega al final del texto y tiene ganas de dejar un comentario. El asunto túnel -los famosos túneles de Garraf que sólo conocemos los que padecemos la linea 2Sud de Rodalíes Renfe- no lo había contemplado, pero está muy bien apuntado.

Por otra parte, tengo pensado de aquí unos días, quizá la semana que viene, hacer unas apostillas sobre los temas y los músicos que menciono, alentado por una de mis pasiones que es el jazz -la otra, en el eterreno musical es Beethoven y Bela Bártok-. Haré proselitismo jazzístico, que es la única forma en que se hace proselitismo sin joder a nadie.

Agus, un gran abrazo

salut

AGUS dijo...

Precisamente, Hugo, ando liado estos días con "El Jazz. De Nueva Orleans a los años ochenta" de Joachim E. Berendt, en la edición de Gúnther Huesmann para Fondo de Cultura Económica. Un dinosaurio de 898 páginas, riguroso y metódico. Ya te diré.

Abrazos, a la espera de esas nuevas entregas.

hugo dijo...

Hola Agus:

Sabía del libro Berendt, has tenido suerte de conseguirlo, ya que en las diferentes ediciones que se han hecho siempre se agotan en un suspiro.
Este hombre fue durante los 50 y 60 y me atrevería a decir que hasta parte de los 70, director de un programa televisivo de jazz en la tele alemana de la República Federal. Dicho programa -semanal- el JazzTimeBadenBaden fue santo y seña del jazz europeo y, por supuesto, del jazz norteamericano. Todos los grandes del otro lado del charco sabían que triunfar en Europa era que este hombre te llamara.

En el caso del cuento lo que intento es meterme en una época interesante que va más o menos desde mitad de los 50 a mitad de los 60. El silencio del bepbop a manos del cool, el hard bop y finalmente lo que se llamaría el jazz modal del que So What es uno de los grandes temas. En todo ello las figuras de Miles Davis y de Coltrane compondrán el eje sobre el pivotará todo el jazz durante esos diez años. Coltrane morirá y Miles Davis y otra gentita interesante le abrirá una gran puerta al jazz con la idea, afortunada, del free-jazz...

y callo

(este domingo viene el contrabajista Dave Holland y su grupo a Vilafranca del Penedés, es una de las últimas oportunidades de ver tocar en directo a uno de los protagonistas del free)

vale, ahora si que callo,
salut

Iván Teruel dijo...

Cuajo. Cuajo en la estructura y cuajo en el uso del lenguaje. En realidad hablo de cuajo, pero quiero hablar de cuajo y brillantez. Como a Agus, se me escapan casi todas las referencias de los protagonistas de esta historia (la ambientación jazz me ha remitido, de alguna manera, a "El perseguidor" de Cortázar, pero es que casi cualquier cosa relacionada con el jazz me remite a ese cuento formidable). Pero amigo, el uso de la lengua, el soberbio uso de la lengua para dotar de una plasticidad feroz esa música que se genera en el sueño, en la conciencia y en los anhelos del protagonista. Esto es literatura, sin matices y sin paliativos, en mayúsculas. Te copio algunas de las expresiones que me han dejado fascinado:

."La melancolía abriéndole en canal la sonrisa, la mirada y el alma".

."La trompeta apurando el vacío hasta casi descoserlo".

."Coltrane, mientras tocaba, parecía mirar al mundo con el alma y la conciencia al mismo tiempo".

."Sube la síncopa de la rueda de hierro contra el hierro".

"Thelonious pisa las teclas con sus dedos".

"La mirada redonda, girada, casi esquizoide va y viene sobre el piano".

"El saxo tenor de Coltrane, en cambio, es una inacabable interrogación, quizá sobre sí mismo, quizá sobre el abismo que contiene su soledad".

Insisto, literatura de verdad.

Una abraçada ben forta, company.

hugo dijo...

Hola Iván:

primero muchas gracias por pasarte por aquí y celebrar que hayas llegado ileso al final del texto, tanto como para dejar un comentario
y ,después, decirle que sus elogios me sacan "los colores", camarada.

respecto al aspecto estrictamente musical ya haré una entrada-apostilla subiendo los vídeos que encuentre en ytube.

le debo un par de visitas a su bloss y supongo que mañana intentaré corresponder como un gitano legítimo.

fortaabraçada, company

salut